LA DOCTRINA LATINOAMERICANA DE ACCIÓN Y PODER | EL MICROCOSMOS GEOPOLÍTICO QUE DESAFÍA EL TABLERO GLOBAL
"El poder ya no se hereda por la inercia del mercado; se arranca mediante la capacidad de agencia. América Latina ha comprendido, al fin, que sus recursos no son bienes primarios: son cartas de negociación geoestratégica."
La región ha ejecutado una maniobra silenciosa pero irreversible: ha sepultado la retórica anestésica de la “agenda de desarrollo” para inaugurar una incipiente doctrina de acción y poder. La transición marca un punto de inflexión tectónico en la historia moderna. Por primera vez, el Sur Global no acude al concierto internacional con el cuenco en la mano a pedir asistencia: irrumpe con estrategias geoeconómicas de alta precisión.
La clave de este nuevo orden reside en la geometría variable: un pragmatismo feroz e implacable que ejecuta alianzas tácticas tanto con el ascenso de China como con un Estados Unidos debilitado por las contradicciones de su propia idea de globalización, sin descuidar el peso gravitacional de la India y las potencias medianas. Se ha pulverizado así la trampa de la polarización ideológica, ese fetiche arcaico que durante décadas esterilizó nuestra política exterior y redujo a la región a la condición de mero espectador. Una parálisis facilitada, además, por una élite cómoda y entregada a la corriente del enriquecimiento fácil antes que a la defensa de una soberanía forjada con estrategia y prudencia.
Por Andrea González-Villablanca
2026 | Publicaciones DIVA Periodistas®
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En julio recibí una invitación que no anunciaba el poder de la región; proponía algo mucho más intrigante. Enseñar cómo fabricarlo.
Pensé inmediatamente en que conocer el valor de un recurso es inútil cuando las potencias comprenden mejor que el propietario la capacidad estratégica de ese recurso. Intuí que podía convertirme en testigo de un discurso donde se presente la inteligencia regional como un activo de negociación, es decir, determinar qué alianzas se aceptan, qué dependencias se evitan, qué concesiones se pueden permitir y qué futuro se está en condiciones de disputar.
Desde esa perspectiva, la convocatoria al lanzamiento del informe Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica —presentado por la Comisión sobre Geopolítica, Globalización y Desarrollo para América Latina y el Caribe de la CEPAL— adquiría una gravedad sombría. Dejaba flotando en el aire una pregunta que excede las fronteras del continente y atenaza a la diplomacia global:
¿Cómo gestionará la próxima Secretaría General de Naciones Unidas la irrupción de un bloque que ya no acude a la mesa a mendigar un espacio, sino a decidir el destino del juego?
A fines de 2024, el Secretario Ejecutivo de la CEPAL, José Manuel Salazar-Xirinachs, tomó la iniciativa de convocar a la Comisión con una encomienda quirúrgica: descifrar qué ocurre cuando las reglas que estructuraron la globalización colapsan. Durante dieciocho meses, trece cerebros destacados procedentes de distintas geografías y culturas políticas trabajaron obsesivamente sobre una misma incógnita:
¿Qué puede hacer América Latina y el Caribe cuando la economía internacional vuelve a convertirse en un arma de coerción masiva?
El resultado no es un diagnóstico burocrático más. Es un intento de leer simultáneamente geopolítica, geoestrategia y geoeconomía para medir el margen de maniobra que le queda a una región acostumbrada a negociar desde la sumisión.
El primer detalle revelador descansa en la anatomía misma de la Comisión. Copresidida por los expresidentes Michelle Bachelet, de Chile, e Iván Duque, de Colombia. A su alrededor se desplegó una arquitectura diseñada deliberadamente para reproducir, en escala reducida, las tensiones y fuerzas del sistema internacional: Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad entre 2019-2024; Qian Liu, desde las entrañas económicas de China; Leonardo Lomelí, rector de la UNAM; Aloizio Mercadante, al frente del BNDES brasileño; Mia Mottley, la voz implacable del Caribe; Keith Nurse, articulando la soberanía tecnológica insular; Shannon O'Neil, desde el corazón analítico de Estados Unidos; Lars-Hendrik Röller, desde la plataforma del Berlin Global Dialogue; Harsha Vardhana Singh, representando a India; Vera Songwe, desde la emergencia africana; y Brian Winter, descifrando la pulsión hemisférica desde las páginas de Americas Quarterly. No era una mesa latinoamericana contemplando el mundo desde afuera. Era un fragmento del poder global instalado en el corazón de nuestro continente para decidir sus coordenadas de acción.
La presencia de Borrell en ese microcosmos adquiere una densidad particular. No por la jerarquía de su nombre, sino porque su trayectoria encarna el cruce exacto entre diplomacia, seguridad, poder económico y la angustiosa búsqueda de la autonomía estratégica europea. Su inclusión inyectó en el laboratorio regional la memoria viva de una potencia institucional que ha tenido que aprender a defender su soberanía frente a hegemonías rivales.
La Comisión no reunió simplemente a un grupo de expertos. Ensambló las tecnologías de supervivencia de un sistema internacional asimétrico.
Y DENTRO DE ESE MICROCOSMOS EMERGIÓ LA VERDADERA HISTORIA
La jornada avanzó diseccionando la anatomía de una ruptura. Durante tres décadas, la interdependencia económica nos fue vendida como la fórmula mágica de la eficiencia, la estabilidad y la paz. El informe de la CEPAL revela algo infinitamente más inquietante: esa misma interdependencia se ha instrumentalizado. Cadenas globales de valor, flujos financieros, minerales críticos, tecnología, vectores de energía, normas regulatorias e incluso datos han dejado de ser variables comerciales para transformarse en herramientas de chantaje y presión geopolítica.
La geopolítica marca cómo se distribuye el poder sobre la tierra; la geoestrategia, cómo los actores mueven sus piezas para ampliar el margen de maniobra; la geoeconomía, cómo el capital, la tecnología y las materias primas se convierten en proyectiles. Cuando las tres dimensiones operan en simultáneo, el mapa del mundo deja de ser una abstracción geográfica para convertirse en un mecanismo de dominación.
Es ahí donde América Latina y el Caribe se vuelve una figura profundamente incómoda. La región jamás ha carecido de activos estratégicos; su tragedia histórica ha sido la incapacidad de traducirlos en poder colectivo. El subsuelo regional custodia el 46% de las reservas mundiales de litio, el 35% de las de cobre, el 28% del grafito y el 23% de las tierras raras. El continente es el mayor exportador neto de alimentos del planeta, alberga casi la mitad de la biodiversidad terrestre, posee un tercio del agua dulce del globo, exhibe la matriz eléctrica más limpia del mundo y sostiene un mercado de más de 660 millones de seres humanos.
Sin embargo, la cifra verdaderamente perturbadora, la herida sangrante de este diagnóstico, no está bajo tierra. Se reduce a un número helado: el 14%. Ese es el irrelevante porcentaje de las exportaciones que los países de la región intercambian entre sí. El 86% restante se entrega al exterior.
La paradoja resulta brutal, casi perversa. América Latina es un actor indispensable para las cadenas estratégicas que mueven al mundo y, al mismo tiempo, sigue siendo estructuralmente insignificante para sí misma.
Esa es la distancia exacta que separa tener recursos de poseer agencia.
Un mineral crítico en el subsuelo es solo una tentación para el saqueo ajeno si no existe la capacidad institucional para utilizarlo como palanca; una posición geográfica clave es solo una servidumbre si no se integra a una doctrina; un mercado masivo es solo una colonia si carece de la escala táctica para imponer condiciones.
La Comisión comprendió esta ecuación y rehusó limitarse a la simple contabilidad de riquezas: propuso transformarlas en instrumentos de presión, consolidar cadenas productivas, procesar los minerales críticos en territorio propio, desplegar una diplomacia alimentaria agresiva y muscular la cooperación regional.
Porque la amenaza no procede únicamente de los imperios externos; habita también en la fragilidad interior. El informe expone la naturaleza de una policrisis global —donde las guerras geoeconómicas, los riesgos tecnológicos, la fragmentación regulatoria, la erosión democrática y la agonía del multilateralismo no operan como hechos aislados, sino como un engranaje que se retroalimenta— y lanza una advertencia severa: la polarización interna destruye el único insumo indispensable de una estrategia geopolítica, que es la capacidad estatal, la fortaleza institucional y la continuidad de las políticas de Estado.
La propuesta, por lo tanto, es mucho más sofisticada que el viejo dogma de la "integración continental". La Comisión postula la urgencia de cooperar sin necesidad de unanimidad.
De esa premisa nacen las coaliciones de geometría variable. Los Estados no necesitan alinearse bajo una ideología común ni firmar pactos eternos; pueden estructurar alianzas tácticas con socios diversos según la materia en disputa, preservando implacablemente el interés nacional y regional. Articulado con el concepto de no alineamiento activo, esto quiebra la falsa dicotomía de tener que elegir entre Washington y Beijing como si el mundo fuera una trampa única con solo dos puertas de salida. No se trata de neutralidad ni de cobardía equitativa. Se trata de maximizar el margen de maniobra.
Aquí es donde la palabra autonomía recupera su genealogía más noble: no significa aislarse del sistema, sino ensanchar la capacidad de decisión dentro de un orden profundamente asimétrico. La Comisión enlaza esta tradición con una política exterior plástica, donde los aliados cambian según la mesa de negociación. La doctrina que emana de estas páginas no necesita mayor proclamación: tiene territorio, activos, herramientas, enemigos claros y restricciones. Y, sobre todo, formula una teoría de agencia: América Latina ya no como la víctima que debe ser protegida de los vendavales mundiales, sino como una potencia capaz de intervenir en la arquitectura del nuevo siglo.
El propio informe alerta sobre el peligro mortal de quedar congelados como meros surtidores de materias primas y opone a esa inercia una nueva identidad: la de socios indispensables y proveedores de soluciones estratégicas.
José Manuel Salazar-Xirinachs lo exige desde la matriz de la CEPAL al decretar que las rupturas globales demandan un "cambio de juego". Michelle Bachelet desplaza la mirada al recordar que el verdadero capital regional no está únicamente enterrado, sino en la inteligencia, la industria y el poder de influencia de sus sociedades con capacidades productivas, humanas y financieras. Iván Duque lleva el razonamiento a su consecuencia geopolítica: diversificar socios para jamás volver a subordinarse a un bloque. Tres voces distintas apuntando al mismo centro de gravedad.
ES IMPOSIBLE NO DESCIFRAR EL MENSAJE CIFRADO QUE ESTA ARQUITECTURA ENVÍA AL FUTURO DEL MULTILATERALISMO
El informe no solo prevé un mundo dominado por la competencia multipolar; anticipa un escenario donde las potencias medianas construyen sus propios espacios de integración productiva y tecnológica para dinamitar las asimetrías históricas. En ese nuevo orden, nuestra región deja de ser la cancha donde se disputan las superpotencias para convertirse en el polo capaz de articular el equilibrio mundial.
Allí el análisis abandona la economía para entrar en el terreno de la alta política: si la geoeconomía otorga el control de los minerales, la energía, la tecnología y los alimentos. La geopolítica define quién convierte esa fuerza en influencia real. Y la geoestrategia decide el segundo exacto en que se aprieta el gatillo. La pregunta clave ya no es cuánto valor yace en nuestro suelo, sino cuánto poder somos capaces de fabricar con él.
Es en este punto donde la figura de Michelle Bachelet adquiere un peso que excede su rol institucional. Una mujer que ha transitado por las entrañas del Estado, la defensa, la alta diplomacia y la cúpula de Naciones Unidas respalda un diagnóstico que sentencia que el orden mundial ha entrado en una fase irreversible de competencia multipolar, erosión de las normas y redefinición del poder. Que la Comisión haya sido respaldada por António Guterres y gestada bajo el sello de la ONU no es un detalle menor: es la infiltración de esta nueva doctrina en el corazón del sistema.
Por eso, la sucesión en la Secretaría General de las Naciones Unidas deja de ser una disputa burocrática en Nueva York para convertirse en un pulso geopolítico de primer orden. Se trata de saber si quien asuma el mando del organismo multilateral tendrá la capacidad de operar en un mundo donde la interdependencia es un arma, las cadenas de suministro son vectores de chantaje, la inteligencia artificial reescribe la guerra informativa y las instituciones internacionales agonizan desbordadas por las potencias.
La Comisión ha construido el vocabulario para esa batalla.
Geopolítica. Geoestrategia. Geoeconomía. Autonomía. Agencia. No alineamiento activo. Geometría variable. Potencias medianas.
No son términos académicos, son los componentes de una arquitectura de supervivencia.
Y es aquí donde reside la revelación que los analistas aún no han alcanzado a digerir. El informe de la CEPAL no está documentando el colapso del poder global; está entregando el manual para que América Latina deje de ser el escenario de ese colapso y se convierta en su ejecutora.
Porque no hay nada más difícil y valioso que adquirir la capacidad de elección. Por tanto, se entiende que el poder real rara vez se ejerce en el momento de la decisión. Se ejerce mucho antes: en la capacidad silenciosa de determinar cuáles serán las únicas opciones disponibles cuando los demás se sienten a negociar.
América Latina lo tiene todo: territorio, minerales críticos, soberanía alimentaria, energía, la mayor reserva hídrica y de biodiversidad, demografía, talento y una condición privilegiada como zona de paz. Lo único que le ha faltado es la maquinaria política para fundir esa masa de recursos en una sola voluntad estratégica.
La Comisión acaba de ofrecer las instrucciones de esa maquinaria sobre la mesa. Y si esta doctrina logra saltar del papel para convertirse en conducta inflexible de Estado, el dilema del siglo XXI ya no será quién dominará el mundo, sino cómo sobrevivirán los viejos centros de poder cuando la periferia decida tomar el control de sus recursos.
Mientras el reloj de arena consume sus últimos granos, el informe deja caer su detonación final: América Latina y el Caribe no necesitan elegir a cuál potencia someterse para conservar influencia; necesitan utilizar la fuerza de su posición para obligar a las potencias a negociar bajo sus condiciones.
La diferencia parece sutil para los ingenuos. Cambia la naturaleza de la mesa, cambia el valor de los interlocutores y cambia, de forma irreversible, la pregunta que deberá responder quien aspire a dirigir las Naciones Unidas: qué margen le queda al multilateralismo cuando una región descubre que su recurso más peligroso no está enterrado en sus montañas, sino en la fría, magnética e implacable inteligencia con la que decide utilizarlo.
403 páginas condensan el peso de un nuevo mapa global. Es el volumen que la CEPAL entregó en mis manos durante la presentación oficial de "Rupturas y Oportunidades. Propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica". Es aquí donde por fin dejamos de entender lo que perdimos por tanto tiempo. La inercia no es libertad; es la forma más cobarde de la sumisión. Este informe llega a desmantelar la estafa maestra que convirtió nuestro sometimiento en la rutina del continente, dejando al desnudo la única estrategia digna de la historia: utilizar nuestro mayor activo, la seducción que genera la inteligencia para arrebatar, de una vez y para siempre, las ganancias absolutas del poder.
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